Llevaba ya unos días establecida en Busán cuando recordó algo. Fue cuando intentó mover una de las maletas para colocarla bajo la cama —el único hueco donde podría ponerlas para que no ocuparan espacio— y vio lo poco que pesaba. Era lógico, puesto que ya había conseguido sacar todo de ellas y ordenarlas de la mejor manera que podía. La mayor parte de los libros habían terminado en su nuevo despacho. Esa misma mañana, cuando había entrado, había asentido satisfecha porque al menos parecía que ya había algo y que no era una habitación vacía llena de polvo.