Busán. Ya estaba allí. Ese fue el pensamiento de HaNa cuando puso un pie en el suelo tras bajarse del tren. Podría haber ido en avión o en autobús, pero era una amante de aquel método de transporte. Había tardado dos horas y media desde Seúl, gracias al tren de alta velocidad. Se había pasado gran parte del viaje leyendo, con las gafas deslizándose por su nariz y ahora, ya fuera, tenía el corto pelo oscuro revuelto por completo. El problema más acuciante era mover las dos enormes maletas hasta el hostal donde se quedaría hasta que encontrara una casa dónde quedarse. En ellas iban todas sus pertenencias: una de ellas tenía ropa, la otra libros.
Como buenamente podía, tiró de ellas. No pudo evitar soltar un pequeño bufido cuando notó que solo se habían movido un poco, que en realidad no era más que unos pocos centímetros. Se revolvió el pelo en un gesto realmente desesperado. Tenía que haber pensado en llevar las cosas de otra manera, quizá enviándoselas cuando estuviera ya asentada. Estaba claro que le iba a resultar difícil poder moverlas con comodidad.
No era la primera mudanza a la que se enfrentaba. En cierta manera se había pasado toda su vida de un lugar para otro. El trabajo de su padre le había hecho dejar pronto su isla natal. Sus estudios le habían hecho dejar la casa paterna. Y finalmente había terminado en Busán. La beca de investigación vinculada a la universidad de la ciudad a la que acababa de llegar había caído del cielo, pero también implicaba una serie de cambios que no estaba segura de ser capaz de afrontar.
Con esos pensamientos, dio un nuevo tirón de una de las maletas. Otros pocos centímetros y una sonrisa de triunfo. A su alrededor la gente no dejaba de moverse, de ir de un lado para otro, de tomar trenes, esperar por los que tenían que llegar. Había tanto reuniones como despedidas. No era una persona a la que le disgustara la soledad, pero en ese momento no pudo evitar fruncir el ceño durante unos segundos. No hubiera estado nada mal que hubiera alguien allí para darle la bienvenida. Claro que eso era prácticamente imposible: no conocía a nadie en la ciudad.
Respirando hondo, volvió a hacer un nuevo intento. Y consiguió que se movieran un poco más. Miró a su alrededor. Quizá hubiera uno de esos carritos maravillosos de los aeropuertos en los que solo había que hacer el esfuerzo de subir las maletas y después de bajarlas. Sin embargo, lo que se encontró fue con un chico de pelo ligeramente largo que la estaba observando con gesto divertido en uno de los bancos, con un café del que iba dando sorbos de vez en cuando con una pajita.
Se le quedó mirando más de lo que debía porque el chico le dedicó una sonrisa y un gesto con la mano, al que respondió con una pequeña inclinación de cabeza. No quería que pensara que le estaba observando demasiado fíjamente, así que desvió la mirada para concentrarse en sus dos maletas. Al final tomó una decisión: iba a moverlas de allí aunque la costara toda la tarde. Apretó con fuerza los labios, comenzó a tirar y de repente notó una mano que tomaba una de ellas con “relativa” facilidad.
—Si sigues así, te vas a joder la espalda. —dijo una voz profunda que hizo que mirara hacia un lado y hacia arriba, encontrándose con el mismo chico de antes. —Déjame a mí.
—No hace falta, puedo hacerlo yo…
El chico arqueó las cejas en un gesto que decía claramente que lo dudaba. La había estado observando durante los últimos diez minutos y solo había conseguido moverlas apenas unos centímetros. Se fijó si tenían ruedas, y aunque una de ellas sí, parecía que la otra había perdido una, lo que hacía bastante difícil moverlas.
—¿Qué llevas aquí? ¿piedras? —preguntó bufando al intentar levantar una de las maletas.
—Libros. —dijo la chica, intentando que soltara la maleta. No le conocía de nada y no le parecía bien que tuviera que encargarse de esas cosas.
—Para que después digan que el conocimiento no pesa…—bromeó el chico, forcejeando con la maleta.
Dos tirones después, la maleta se abrió dejando escapar lo que había en el interior. Durante unos segundos los dos chicos se quedaron quietos mirando lo que se había desparramado por el suelo: eran libros, papeles diversos. Al menos, pensó HaNa, no era la de la ropa porque hubiera sido muchísimo más vergonzoso.
— Ups.
HaNa le echó una mirada, pero no dijo nada. Seguramente otra persona hubiera comenzado a echar la bronca, pero ella no era así. Se agachó con rapidez, abriendo del todo la maleta, para comenzar a colocar los libros. Los trataba con cuidado y delicadeza, como si fueran verdaderos tesoros. El chico observó sus gestos con curiosidad y finalmente se agachó para ayudarla.
—Historia sobre Corea… —comenzó a nombrar mientras iba recogiendo. —Arqueología, metodología, historia occidental… ¿y esta carpeta? mmm —miró entonces a la chica que se encontraba agachada a su lado. —¿No hubiera sido más fácil enviarte todo esto en cajas?
—Lo hubiera hecho… —dijo ella, hablando sin pensar. —si tuviera un sitio donde recibirlo.
—¿Te quedas para mucho tiempo?
—Cuatro años. —respondió mirándole entonces con un libro en la mano. —Lo que me dura la beca.
—¿Beca? ¿Universidad?
La chica asintió por una vez y después se encogió de hombros quitándole importancia. Sin embargo el chico le miró con más interés. Fue ese el momento en el que las manos se rozaron solo un instante. Y ambos la apartaron con rapidez. La chica agitando la mano con sorpresa al haber recibido una especie de calambrazo que le había dejado parte de la mano y el antebrazo adormecido.
—Joder, sí que hay electricidad estática en el ambiente. —dijo mientras fruncía el ceño por un momento concentrada en colocar los libros.
Eso hizo que no viera la mirada con los ojos ligeramente entrecerrados que le echó el chico. Aquello no era normal y él era un especialista en cosas extrañas. Es más, todo el mundo decía que lo era. Apenas unos minutos después terminaron de recogerlo todo y se incorporaron mirando la maleta que se encontraba junto con la otra. Tan grandes que parecía que ni entre los dos podrían moverlas.
—Por cierto, soy Sung Yong Woo. — le tendió la mano entonces. Un gesto muy occidental, pero que de vez en cuando hacía.
—Young Ha Na. —dijo la chica, estrechándosela.
En esta ocasión no hubo calambrazos, ni nada por el estilo. Sin embargo el chico estaba totalmente pendiente de lo que sucedía. Vio cómo el escudo protector que solía utilizar casi de forma automática por culpa de su abuela, chisporroteaba durante unos segundos antes de adaptarse a la situación. No estaba preparado para que este, en vez de mantenerse en su sitio, se expandiera y aceptara a la chica en su interior. Aunque no fuera visible para los que les rodeaban, salvo que hubiera algún ser sobrenatural,
Aquello no era muy habitual, solo sucedía en situaciones muy especiales. Con su mejor amiga y compañera de casa, por ejemplo. También con su abuela en el pasado. Y ahora con esta mujer desconocida que no parecía enterarse de lo que estaba pasando. Las cejas se arquearon con curiosidad y ladeo el rostro hacia un lado como si buscara encontrar el resultado de un problema matemático realmente complicado.
—Bien, Young Ha Na, vamos a hacer que esto se mueva. — dijo con una sonrisa mientras miraba las maletas después. —No voy a dejar que dos cosas de estas me venzan.
Una pequeña sonrisa apareció sin que se lo propusiera en los labios de HaNa al tiempo que asentía. Yong Woo le indicó que tomara la de ropa que aunque pesaba más o menos podía llevar ella sola. Después miró al chico con curiosidad. No estaba convencida de que pudiera llevarlo. Aunque fuera alto, no era precisamente fuerte. O al menos eso aparentaba porque comenzó a moverla con más facilidad de lo que se imaginaba.
—Muchas gracias. —dijo por fin. Al final había ganado la parte racional frente al orgullo de querer moverlo ella sola. —Yo no sé si hubiera podido. Si hubiera uno de esos carritos como en el aeropuerto…
—No te preocupes. Digamos que de esta manera hago mi buena obra del día y no me sentiré culpable si hago luego malas. —dijo bromeando.
Yong Woo no lo estaba haciendo del todo de la forma “mundana”. Supuestamente no debería estar haciendo esas cosas para “beneficio propio”, pero realmente lo estaba haciendo por ella así que se imaginaba que no pasaría nada. Era una realidad que podía hacer cosas mucho peores. En esa ocasión solo estaba “engañando” un poquito a la gravedad para indicar que la maleta pesaba menos de lo que en realidad hacía. Si no lo hubiera hecho de esa manera ni siquiera entre los dos podrían moverla. O eso era lo que creía.
Sentía curiosidad por esa chica que había llegado con una maleta llena de libros, sin un lugar dónde quedarse y que su escudo había aceptado con toda tranquilidad. Ella parecía ajena a todo lo sobrenatural. Al menos no lo mostraba si era de otra manera. Se quedó en silencio, raro en él, hasta que llegaron a la puerta de la estación y entonces se detuvo para poder mirarla con una sonrisa.
—Conseguido. —dijo, aunque todavía quedara un poco para llegar hasta la zona donde había taxis.
—Tengo que invitarte a algo por esto… A comer o lo que sea. —dijo entonces la chica, claramente avergonzada por la situación. —Y no estoy intentando ligar contigo.
Las últimas palabras las dijo con tanta rapidez que hizo que el chico se echara a reír al tiempo que los ojos se le estrechaban ligeramente.
—No me quejaría si lo hicieras. —respondió con naturalidad. —Dame tu teléfono.
HaNa arqueó las cejas, pero sacó el teléfono móvil pasándoselo. El chico rápidamente guardó su número de teléfono y se hizo una llamada a su teléfono. Le miró entonces con una sonrisa en los labios.
—Hagamos una cosa. Cuando estés asentada, llámame o mándame un mensaje. Entonces te diré un lugar donde podemos quedar para tomar algo. ¿Qué te parece?
—Esto… bien, me parece bien.
—Perfecto, vamos a llevarte esto hasta un taxi.
Unos minutos más tarde, Yong Woo vio cómo se alejaba. No había sido difícil encontrar un coche que la llevara hasta su destino. Y de paso había escuchado la dirección que le había dado. Se quedó pensativo observando cómo se perdía entre el tráfico. Su abuela decía siempre que no existían las coincidencias y que todo sucedía por una razón. Nunca había estado conforme con aquel pensamiento, él creía en el libre albedrío, aunque a veces había visto cómo algunas cosas parecía que tenían que pasar sí o sí por mucho que luchara contra ello.
Quizá aquello solo había sido una coincidencia. Quizá solo había sido un momento que no se iba a repetir. Podía ser que la chica que se iba en ese taxi se quedara como una simple desconocida y que no volviera a saber nada de ella. Pero algo le decía que nada era tan fácil como parecía y que antes o después aquella chiquilla de pelo oscuro y corto, le iba a traer por la calle de la amargura y que haría que todo se moviera quizá con más rapidez.
Si iba a ser así, sería de lo más divertido. Eso sin duda.