miércoles, 20 de noviembre de 2013

Capítulo {HaNa} - El inicio de una nueva vida

La universidad de Busan estaba entre las diez más importantes de Corea. Sus edificaciones modernas, rodeadas de jardines, mostraban con claridad la juventud de la misma y al mismo tiempo daban un sentimiento de “reconocimiento” a la mujer que paseaba por esos caminos empedrados, rodeados de verde, dirigiéndose a uno de los edificios. Era como una ciudad dentro de otra. Una ciudad universitaria donde podía ver jóvenes en grupos. La lluvia había dado un día de descanso, pero no así el frío lleno de humedad que comenzaba a calar hasta los hueso, a pesar de que todavía estuvieran en otoño.




Había llegado el día anterior, por lo que apenas había tenido tiempo de mirar nada. La odisea de subir las maletas hasta su habitación la había dejado exhausta y no era de extrañar que fuera prácticamente arrastrando los pies a pesar de que estaba llena de energía. Una energía extraña, que era producto de los nervios. Los médicos seguramente lo denominarían como adrenalina. Una adrenalina que venía dada de las situaciones ajenas a las habituales. Sabía que con el paso de los días recorrer esos caminos, adentrarse en esos pasillos, iba a ser su monotonía. Pero por el momento era todo nuevo, diferente, lleno de personas que no conocía.

Una de las cosas que menos le gustaban de estar en un lugar nuevo era no conocer a nadie. Era bastante irónico considerando que no era de esas personas hipersociables que hablaban con todo el mundo. Le costaba muchísimo relacionarse en principio, aunque siempre fuera amable con todo el mundo. Falta de confianza, no sabía si en sí misma o en las personas que la rodeaban. Y sin embargo, cuando estaba a solas, echaba de menos escuchar a otra persona, hablar con ella, reír. Quizá por eso le llegaron una especie de celos al ver los grupos de amigos.

Respiró hondo finalmente cuando entró en el edificio donde le habían indicado que tenía que ir. Preguntó dónde se encontraba la zona de despachos y se dirigió hacia allí con un cosquilleo persistente en el estómago: nervios. Iba a conocer al que sería su jefe mientras durara su beca en la universidad. 

“Jung Dong Sun”. Solo tenía el nombre y ahora una dirección. O, mejor dicho, el número de un despacho. Le hizo gracia que fuera el número 13 del ala Norte. No sabía muy bien por qué. Mientras se dirigía hacia las escaleras que le llevarían al piso segundo, donde se encontraban los despachos de arqueología y prehistoria, sintió un ligero escalofrío que se deslizaba por todo su cuerpo. Era como si tuviera la sensación de que la observaran. Irónico, porque al mirar hacia atrás no vio a nadie. Quizá fuera cosa de las cámaras de seguridad: porque estaba segura de que había aunque no pudiera verlas a simple vista.

Según se iba alejando de las aulas y acercándose a la zona de los despachos había menos gente. No pudo evitar ruborizarse por un momento al darse cuenta del ruido que hacían sus botas, de suela de goma y estilo ligeramente militar, mientras recorría los pasillos desiertos. Se sacudió el pelo oscuro en un gesto que tenía para llamarse “tonta” a sí misma entre otras muchas cosas. 

Tras diez minutos, no había conseguido dar con el despacho. Era un lugar totalmente laberíntico que parecía que tuviera despachos dentro de despachos. Se detuvo con las manos en las caderas, la mochila bamboleándose en su hombro y mirando a su alrededor con el ceño ligeramente fruncido. Fue entonces cuando vio a un hombre joven que se acercaba por uno de los pasillos. Sonrió. Quizá pudiera ayudarla. No debería llegar a la treintena, de pelo oscuro, vestido con unos sencillos vaqueros y un jersey negro de cuello alto. Llevaba una carpeta de forma despreocupada en una de las manos y tenía unas pequeñas gafas que le hacían parecer un intelectual.

Se imaginó que sería o bien un estudiante de posgrado como ella o quizá un profesor ayudante o adjunto.

—Disculpe.

La mujer se puso en medio del pasillo, llamando la atención del hombre que por un momento parpadeó como si estuviera intentando volver al mundo que les rodeaba. Sus ojos oscuros, tras el cristal de las gafas, fueron un enorme impacto en HaNa que hicieron que sus mejillas se ruborizaran por un instante. En ese momento, toda la fuerza que había conseguido para hablarle se había esfumado.

Sobre todo porque él no parecía estar dispuesto a decir nada aunque la estuviera mirando.

—Perdone, estoy buscando el despacho número trece, el del profesor Jung Dong Sun.

—Así que es eso… —dijo el hombre con voz profunda, pero al mismo tiempo cargada de dulzura. Una mezcla que hizo que la mujer automáticamente confiara en él. —Suele suceder, no es muy fácil de encontrar.

Le dedicó una sonrisa comprensiva y después hizo un gesto con la mano para que le siguiera. No dijo nada más, pero el silencio no fue incómodo. HaNa podía contar con los dedos de una mano las personas con las que eso sucedía. Cuando se adentraron en una puerta que daba a su vez a una pequeña salita con otras tres puertas frunció el ceño.

—Yo había pasado por aquí… —dijo, apretando los labios.

—Es lo que suelen decir mis alumnos. —respondió el hombre, con una pequeña sonrisa.

La chica arqueó las cejas, pensando que quizá fuera el dueño de otro de los despachos. Pero no. Directamente se fue hacia la puerta que estaba marcada con un trece y que tenía un cartel que rezaba “Jung Dong Sun” claramente. Sacó unas llaves cambiándose la carpeta de mano y abrió la puerta dejándola así para después mirarla.

—Usted debe ser Young HaNa.

La mujer asintió, en un gesto rápido y quizá demasiado rígido. El hombre la miró con curiosidad mientras ella seguía detenida en el mismo sitio, antes de volver a indicarla con la mano que entrara. Había leído su curriculum y alguno de sus trabajos, pero desde luego no se imaginaba que esa mujer menuda fuera la misma. Por alguna razón se la había imaginado completamente diferente. 

—Perdón. —dijo finalmente HaNa antes de adentrarse en el despacho con paso rápido, dejando tras de sí un olor a flores que hizo que el hombre arqueara las cejas antes de entrar. —Yo… no me había imaginado que fuera así.

—¿Esperaba a un viejo profesor de pelo blanco? —preguntó mientras cerraba tras la puerta y se acercaba hasta el escritorio de madera maciza y lleno hasta los topes. —¿O quizá a alguien con un sombrero extravagante dispuesto a salir con su látigo en pos de alguna reliquia?

Los labios de HaNa se curvaron en una pequeña sonrisita mientras le miraba. Por alguna razón la referencia a Indina Jones le había relajado y quizá incluso acercado un poquito más a él. Desvió la mirada del hombre para observar a su alrededor: era un despacho grande pero estaba repleto hasta el techo de libros. En aquellos lugares donde entraba una librería, había una, llena de libros y de otros objetos. Podía ver, así a primera vista, varias reproducciones —esperaba— de cerámica de época prehistórica, además de objetos de otras partes del mundo como un Anubis enfrentado a una Isis, una falcata íbera… e incluso una espada de época Joseon que tenía su lugar preeminente sobre el escritorio.

El hombre había estado observando sus gestos con curiosidad. Había aprendido que se podía aprender más de la gente por lo que decía su cuerpo, su mirada, que por sus labios. La mujer que estaba delante de él era una apasionada de la Historia. Que hubiera desviado la mirada de él para fijarla en lo que había a su alrededor era un indicio, pero se lo había ratificado en el momento en el que había tenido que contener sus pies al ver varios de los objetos que se encontraban en su despacho de forma estratégica.

—Por favor, siéntese.

Tras decir esto, se dio cuenta de que era un poco imposible que lo hiciera ya que las dos sillas que se encontraban delante de su escritorio estaban tan llenas de cosas como las estanterías o la superficie de su mesa de trabajo. Dejó la carpeta sobre un montón de papeles y después se acercó a una de las sillas para vaciarla, dejándolo en un equilibrio precario sobre el montón de cosas que estaba en la silla de al lado.

—Ahora sí.

—Gracias.

Tras unos minutos, de presentaciones sobre todo, con un café en la mano —había una pequeña cafetera en un mueble detrás del escritorio que hablaba de lo adicto que el hombre era a la cafeína— ambos se encontraban un poco más cómodos. Y mucho más profesionales. HaNa había agradecido la idea de llevar su curriculum con ella, además del resto de papeles que respaldaban su beca. Con el caos que había a su alrededor no estaba segura de si él podría haber encontrado algo. Aunque la volvió a sorprender cuando con increíble soltura dio con la carpeta que necesitaba.



—Young HaNa. —volvió a repetir, con la taza de café humeante en una mano y la mirada clavada en los papeles que tenía delante. —Ha llegado al menos dos días antes de lo que esperábamos.

—Consideré que cuanto antes me presentara, primero podría comenzar a trabajar.

—Por lo que veo, únicamente necesita que la dirija… —dijo el hombre, sin hacer caso de su comentario, dando un sorbo al café. —Y que le muestre un poco el funcionamiento de la Universidad. —alzó la mirada para clavarla en sus ojos. —Aunque se puede imaginar que es como la de cualquier otro lugar.

—Sí…

—Tengo el resto de la mañana libre, así que le haré un pequeño tour. —se quedó pensativo por un momento. —Le enseñaré cuál será su despacho, la biblioteca y el laboratorio. Tendrá una jornada bastante intensiva, se podrá organizar como quiera, pero al menos tendrá que pasar cuatro horas en el laboratorio. —la miró a los ojos. —Le recomiendo que sea por las tardes si necesita asesoramiento. Es cuando suelo estar por allí.

HaNa asintió de nuevo. Dong Sun era amable, pero al mismo tiempo estaba siendo completamente profesional, lo que en cierta manera le daba confianza y al mismo tiempo le ponía nerviosa. Unos diez minutos más tarde se encontraban en el despacho que sería el suyo. Era el que tenía la puerta enfrentada a la de él, el once. Era más pequeño, estaba sin nada, y parecía que hacía mucho tiempo que nadie le había utilizado: una ligera capa de polvo se encontraba encima de los muebles.

—Puede decorarle como lo desee y recomiendo una limpieza antes de empezar. —pasó la mano por uno de los muebles. —Daré aviso para que lo hagan esta misma tarde. — susurró para sí mientras fruncía el ceño por un momento.

—Puedo hacerlo yo…

—Está usted aquí para estudiar, no para limpiar.

Quizá lo que más nerviosa le estaba poniendo de toda la situación era que le estuviera tratando tan formalmente. Que ella lo hiciera con él era lo normal: era su superior, su sunbae, su jefe, pero al revés… Sin embargo el hombre no parecía darse cuenta. La miró entonces, entregándole las llaves de lo que sería su despacho, antes de volver a salir.

El recorrido hasta el enorme laboratorio fue en silencio. Dentro se encontró con otras dos personas que serían sus compañeros: un profesor de prehistoria y un becario, como ella, que se encontraba analizando los últimos objetos que habían encontrado en una excavación. Había muchos más que tenían que ser limpiados y catalogados. El cruce de saludos y las presentaciones fueron bastante sencillos, ya que los otros dos estaban en plena faena.

—Como ha podido ver, tenemos lo último en tecnología.

El asentimiento de cabeza de la mujer hizo que el Dong Sun la mirara de reojo. Podía ver cómo la mente de la mujer estaba funcionando, analizando y recordando los pasillos por los que iban para no perderse, para saber cómo llegar llegado el momento. No había hecho más que las preguntas justas y eso le gustaba. Al arqueólogo no le agradaban demasiado las personas que hablaban por los codos.

Además, había algo en ella que se salía de lo normal. Había notado cómo se estremecía al pasar por ciertos lugares donde había tenido a bien realizar protecciones. Aunque la Universidad era un lugar neutral, sabía demasiado bien que algunos seres sobrenaturales gustaban de hacer de las suyas. Era mejor estar adecuadamente preparado. Además nunca sabía cuándo uno de ellos podría ir detrás de él.

Con estos pensamientos había llegado a la enorme Biblioteca. Era prácticamente toda el ala sur del edificio, ocupando los tres pisos y uno subterráneo donde se encontraban los fondos más delicados de los que contaba la Universidad. En su interior los estudiantes se arremolinaban en torno a las mesas de estudio. HaNa se pudo dar cuenta de cómo varias miradas se alzaban, sobre todo femeninas, para hablar con las personas que tenían a su lado.

Estaba claro que Dong Sun era tremendamente popular entre los estudiantes. El hombre le mostró la zona dedicada a arqueología y prehistoria. Y la mujer se perdió durante unos minutos entre sus baldas. Había una buena colección de libros, tanto manuales como monografías. Al girar por una de las baldas estuvo a punto de chocarse con un chico que le dedicó una sonrisa.

—Perdona, ¿estás bien? 

—Sí, claro. —dijo la mujer en un susurro.

Observó cómo se alejaba, encogiéndose de hombros. Había notado algo extraño, pero solo había sido un segundo. Una especie de sensación de peligro que no entendía muy bien por qué había aparecido. Cuando volvió al lugar donde había dejado a su jefe no lo encontró en un primer momento. En un gesto puramente infantil infló los mofletes mirando a su alrededor. ¿Le habría dejado plantada? Seguramente… le había robado prácticamente toda la mañana. Tras unos segundos de duda, decidió que lo mejor sería irse de vuelta a su futuro despacho. Quizá pudiera limpiar algo antes de que alguien más lo tuviera que hacer por ella.

No le gustaba para nada ser una carga y ya lo había sido suficiente por un día. Sin embargo, no llegó a dar ni dos pasos antes de que una mano sujetara su muñeca y tirara de ella para meterla entre unas baldas. Se paralizó porque delante suyo se encontraba el mismo chico de antes, pero no existía para nada la sonrisa que había visto. No. Sino unos ojos que por un momento le parecieron rojizos. 

—¿Quién eres?

La mujer parpadeó confundida. La voz había sido tan fría que había conseguido estremecerla, como si de repente la temperatura a su alrededor hubiera bajado varios grados. Por un momento incluso le pareció ver que de sus labios se escapaba el vaho característico de los días de invierno. 

—Yo…

—Kim Tae Song. —la voz de su jefe hizo que volviera su mirada hacia la entrada de las estanterías. —Suéltala.

El hombre la miró de nuevo, para después mirar hacia Dong Sun. Hubo unos segundos en los que ambos hombres se mantuvieron la mirada, pero finalmente aquel que la tenía apretada contra una de las estanterías aflojó el agarre para soltarla de forma lenta. HaNa respiró hondo y automáticamente se llevó las manos a los brazos, allí donde le había sujetado, para frotárselos con rapidez.

—Vamos.

No hizo falta que le dijera nada más para que HaNa se acercara a Dong Sun, saliendo de la Biblioteca. Durante unos minutos caminó sin decir absolutamente nada mientras le seguía hasta que se dio cuenta de que se dirigían hacia la salida de la Universidad. La mujer parpadeó varias veces sin entender qué era lo próximo que tenían que ver. Por eso, cuando se detuvieron ante la puerta y el hombre la miró no supo bien qué decir.

—Tengo que pensar en lo que ha sucedido. —dijo sin más. —Ven mañana a primera hora, a las ocho. Entonces tendré una respuesta.

—Pero…

No pudo decir nada más porque el hombre se giró y de la misma manera que había aparecido unas horas antes, se perdió pasillo hacia delante haciendo que HaNa se quedara perpleja. El primer día en su nuevo trabajo había sido mucho más extraño de lo que hubiera imaginado. Hasta el punto de que no sabía si lo había hecho bien o mal. Ni tampoco qué pensar.

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